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Letur florece en solidaridad y fortaleza tras la tormenta.

Letur florece en solidaridad y fortaleza tras la tormenta.

Las integrantes del Equipo de Respuesta Inmediata de Intervención Psicosocial de Cruz Roja comparten su experiencia tras el desastre que impactó Letur hace un año.

ALBACETE, 30 de octubre. (Por Laura Gómez del Barrio para EUROPA PRESS) -

Resiliencia: un término que ha cobrado importancia en tiempos recientes, especialmente después de desastres naturales. Este concepto volvió a resonar con fuerza en Letur, un año después de la devastadora tragedia que dejó profundas huellas en esta comunidad, según resalta Cruz Roja Albacete.

Guadalupe Rubio, quien dirige el equipo de intervención psicosocial en la región, refleja lo vivido: “El aprendizaje fundamental es la fortaleza humana y la capacidad de adaptarse ante la adversidad. Estuvimos allí para apoyar a quienes enfrentaban una situación desgarradora”, comenta Guadalupe, quien pasaría diez días en el pueblo, creando lazos que perduran en los corazones de quienes sufrieron.

Ella y Milagros García, responsable del equipo logístico y de albergue provisional, han compartido su experiencia con Europa Press para conmemorar el primer aniversario de la catástrofe, que causó la muerte de seis personas y dejó una profunda herida en uno de los municipios más emblemáticos de Castilla-La Mancha.

Cruz Roja, parte esencial del Plan de Emergencias de Castilla-La Mancha, cuenta con un equipo especializado en la atención a grandes emergencias y situaciones de crisis, que también ha intervenido en desastres de mayor alcance, como la erupción del volcán de La Palma.

El 29 de octubre de 2024, el equipo de respuesta básica desde Elche de la Sierra llegó a Letur tras ser convocado por el Servicio de Emergencias 112, haciendo un primer análisis de la situación a las siete de la tarde.

“Nuestros compañeros locales solicitaron activar los equipos de logística y de intervención psicosocial al ver la gravedad de lo que estaba sucediendo. Había personas desaparecidas, evacuadas y algunas necesitaban rescate. Era evidente que la situación emocional de la comunidad iba a ser crítica”, explica Milagros.

Los profesionales de ambos equipos llegaron a la zona alrededor de las 22:30, tras suspenderse las labores de búsqueda en medio de un escenario desolador. “Al bajar del vehículo, solo se escuchaba el rugido del arroyo. El silencio era abrumador, y la oscuridad envolvía el lugar”, recuerda Guadalupe.

Al llegar al colegio, que funcionó como albergue para quienes fueron evacuados, notaron que no había tantas personas como se había anticipado, ya que muchos habían encontrado refugio con familiares. Sin embargo, empezaron a recibir a sobrevivientes que habían sido rescatados y deseaban participar en la búsqueda de sus seres queridos, con la esperanza de encontrarlos esa misma noche.

Fue entonces cuando comenzaron a ofrecer atención psicosocial a los familiares de los desaparecidos y a otros vecinos que pasaron por experiencias traumáticas durante la riada.

Guadalupe explica que, aunque la sintomatología de las víctimas de Letur puede recordar a la de otros desastres, como la erupción del volcán Cumbre Vieja, existen diferencias. En Letur y Valencia, hubo pérdidas humanas inmediatas, lo que agrava las reacciones emocionales. La sorpresa del suceso dejó a muchos en un estado de shock, tristeza y miedo, emociones que evolucionan a medida que la emergencia se desarrolla.

“Nuestra labor es acompañar a los afectados. Si bien no podemos eliminar el dolor, les ayudamos a expresar y gestionar sus emociones, evitando que se conviertan en problemas crónicos que impacten su salud mental”, explica.

“Buscamos facilitar la expresión de sentimientos como la culpa por no haber podido salvar a alguien o por no haber llegado a tiempo. Tratamos de ayudarles a pasar de una fase de reacción a una de aceptación, donde las emociones sean diferentes”, añade.

Sin embargo, la intervención inicial no siempre es suficiente, y muchos de los supervivientes acabaron siendo derivados a servicios de Salud Mental. “Nosotros somos el primer eslabón, brindamos un soporte inicial, pero a menudo necesitan acompañamiento más especializado para avanzar en el proceso de duelo, que en este caso es complicado”, señala.

Otro factor que contribuyó a la recuperación fue la notable ola de solidaridad que inundó Letur tras la catástrofe. Guadalupe destaca que el apoyo comunitario actúa como un antídoto frente al sufrimiento y ayuda a normalizar la situación. “La comunidad se volcó con las familias afectadas. Nos resultó difícil dejar el lugar porque nos habíamos unido a ellos de manera profunda. Sin embargo, parte del proceso de recuperación es que esos apoyos vayan disminuyendo para que los afectados puedan retomar sus rutinas y adaptarse a su nueva realidad”, explica.

No solo los letureños necesitaban encontrar su camino hacia la recuperación, el personal de Cruz Roja también necesitaba un respiro. “Tenía que ser consciente de cuándo era el momento de retirarnos y cuidar de nosotras mismas. No se puede afrontar una situación así sin autocuidado, de lo contrario, esos diez días podrían habernos pasado factura”, añade Guadalupe.

Milagros, la responsable de logística, también recuerda vívidamente la llegada al pueblo aquel fatídico 29 de octubre. “Bajar del coche fue brutal. El estruendo del agua, la oscuridad, el barro y la devastación nos dejó en shock”, señala.

Tras el primer impacto, los profesionales comenzaron a habilitar espacios seguros en el colegio para atender a quienes necesitaban apoyo psicológico. “La situación emocional que enfrentaban era profundamente conmovedora, había un gran sufrimiento”, resalta.

Milagros también recuerda el excelente trabajo en equipo que permitieron a Cruz Roja desplegar 80 camas y kits de higiene para acoger a aquellos que participaban en la búsqueda y ayuda en la limpieza, incluso ofreciendo refugio a un gato que apareció en medio del caos. “Pronto lo llamamos ‘Romeo’ y estuvo con nosotros hasta que pudo reunirse con su dueño”, comenta con una sonrisa, recordando la “solidaridad inquebrantable” que dejó huella en todos durante esos días.

Aun así, esa unión y empatía no pudieron impedir que seis habitantes del pueblo perdieran la vida a causa de la riada. La letureña más célebre, María Rozalén, escribió en estos días: “Ojalá el agua vuelva a ser sinónimo de vida”.