La guerra de sucesión castellana fue un conflicto ocurrido en el siglo XV en el Reino de Castilla, que tuvo como origen la disputa por el trono tras la muerte de Enrique IV. Este monarca, conocido como «el Impotente», no tuvo descendencia legítima, lo que generó una crisis sucesoria que desembocó en una guerra civil.
Enrique IV designó como su sucesora a su hija Juana la Beltraneja, fruto de su matrimonio con Juana de Portugal. Sin embargo, su legitimidad fue cuestionada y surgió una facción que apoyaba la candidatura de Isabel, hermanastra de Enrique IV.
La guerra de sucesión castellana enfrentó a dos bandos claramente definidos. Por un lado, los partidarios de Juana la Beltraneja, quienes eran apoyados por Portugal y por algunas casas nobiliarias castellanas. Por otro lado, los partidarios de Isabel, respaldados por la Corona de Aragón y por una gran parte de la nobleza castellana.
La guerra de sucesión castellana se prolongó durante varios años, con diferentes etapas de mayor o menor intensidad. Hubo batallas decisivas, como la de Toro en 1476, donde Isabel se impuso a las tropas de Juana la Beltraneja y consolidó su posición en el trono de Castilla.
Además de los enfrentamientos militares, el conflicto incluyó una intensa actividad diplomática, en la que se buscaba el apoyo de otros reinos europeos y se negociaban alianzas estratégicas.
La guerra de sucesión castellana tuvo importantes repercusiones en la historia de Castilla. La victoria de Isabel supuso la unificación del reino bajo una sola corona, lo que sentó las bases para la futura creación de España como estado moderno.
Además, la guerra de sucesión castellana marcó el fin de la Edad Media en la península ibérica y el comienzo de la Edad Moderna, con todas las transformaciones políticas, sociales y culturales que ello implicaba.
La guerra de sucesión castellana dejó un legado duradero en la historia de Castilla y de España. La figura de Isabel la Católica, como reina victoriosa y como impulsora de importantes reformas, sigue siendo recordada y estudiada en la actualidad.
Además, la unificación de los reinos de Castilla y Aragón bajo el reinado de los Reyes Católicos sentó las bases para la futura creación de un estado moderno y potente en la península ibérica.